He contado la historia de Mariana Fernanda alguna vez, en alguna salida nocturna con mis sobrinitos. No obstante, semejante personaje me ha valido en más de una ocasión insultos y desprestigio como escritor, siempre recurro a ella cuando quiero alejar de mí a parásitos humanos que no soportan lo políticamente incorrecto. La idea de raíz no era hacer un humor asqueroso que pocos comprenden, sino mostrar la maldad del Ser cuando éste no tiene ataduras como la ley o los principios básicos del razonamiento. Aquello que muchos desconocen es donde se guarda el estupor del asunto, pues esta niña sí existió con nombre, sexo, nacionalidad y tez distinta. Contaré la primera aventura que supe de ésta berrinchuda y desdichada criatura:
            Mariana, como toda niña pobre, carecía de dos cosas; de inteligencia y de felicidad, la segunda no siendo —del todo— por su pobreza, sino producto de su falta de brazos y piernas. Su madre se prostituía en la esquina de su casa, que a su vez se encontraba un bar, donde obtenía los clientes más frecuentes; su padre las abandonó, el resto de familiares, por parte del padre, vivían con lujos en Miami, pero nunca aceptaron que una prostituta y un espécimen llevasen su apellido. Mariana gustaba de los libros clásicos, lo único bueno que heredó de su abuela materna, fascinada con la prosa de Virginia Woolf leía Al faro dos veces a la semana. Disfrutaba también de escritos españoles como aquellos de Lope de Vega y franceses como los de Gustave Flaubert. Se le dificultaba cambiar de páginas, pero con el tiempo perfeccionó su movimiento con la boca… en muchos aspectos.
            Su primera relación exitosa, con otra persona alejada de su abuela, fue el joven que repartía periódicos. Conversaban unos minutos antes que éste se marchara, ninguno conocía al otro, ya que Mariana pensaba que al verla se asustaría con demasía y terminaba acomplejándose de su aspecto, cada vez de manera más abyecta. Aquel joven era apuesto, tenía la piel blanca como la leche, ojos celestes y el cabello largo hasta los hombros, conservaba un humor ácido y amistades comunes para su edad, bebía a escondidas sólo los fines de mes y lo hacía de manera moderada con su dinero. Entre tantas charlas sin rostros, a Roberto, aquel joven, lo comenzó a suscitar la curiosidad sobre el aspecto de Mariana. Su voz, aguda y pueril, sostenía cierto misterio excitante que lo apasionaba hasta tener una pequeña erección. Una vez intentó convencerla para verse cara a cara, comenzaron hablando de la política latinoamericana, el socialismo y el capitalismo eran los ápices de la discusión, sosteniendo Mariana que el socialismo era necesario para mantener un equilibrio económico y su interlocutor discrepaba argumentando que el capitalismo era un ideal cruel, despiadado y vergonzoso, pero, tristemente, es el que mejor funciona.
            — El problema empieza con la democracia —decía Roberto—, sostener que una idea es acertada sólo porque la mayoría lo decide, es algo absurdo e intelectualmente inferior.
            — ¿Dónde quedamos nosotros, los pobres, entonces?
            — Siempre habrán pobres, sea el sistema que esté liderando, puesto que la pobreza genera ricos y los ricos generan pobrezas, es algo que nunca cambiará. Creo que el ser humano debe de pensar menos en ser ricos y más en perfeccionar su pobreza para no necesitar de riquezas.
            — Lo que dices no tiene sentido… en fin, ¿nos traes noticias buenas hoy?
            — Lo de siempre —respondía, leyendo títulos en voz alta—; mujer decapitada en el río, corrupción empresarial, debate sobre el aborto legal, y por fin una buena, un hombre negro salva a un gatito del árbol y lo arrestan por robo… un clásico.
            Ambos se rieron de la broma, Roberto pasó el periódico, con cautela, debajo de la puerta.
            — ¿Por qué nunca te he visto la cara? —Preguntó a bocajarro.
            El corazón de Mariana se aceleró, la niña tragó saliva y carraspeó fuerte, pidiendo a Dios que no la haya escuchado al otro lado de la puerta.
            — Soy tímida —dijo, con voz temblorosa—, otro día.
            — Por tu voz no parecés una joven fea, podría decir que tenés un cerebro sensual, tu rostro entonces pasaría a ser irrelevante… ¿Te mostrás?
            — Otro día… otro día —repitió con tristeza.
            — Cuando querás verme andá a la ventana, levantá tu pulgar y acudiré a vos, destrozando la puerta si es posible.
            Mariana sonrió sonrojada, no respondió y agarró el periódico con los dientes, amarillos y dañados, se metió a su cuarto arrastrándose como una oruga y comenzó a leer, cuando llegó a la última página se dio cuenta que la noticia del negro era real.
            Se durmió leyendo, soñó con el rostro de Roberto, imaginándole como la descripción que hizo Oscar Wilde sobre Dorian Gray. En el sueño había frente a ella un espejo que reflejaba su rostro grasiento y arrugado, tenía piernas largas y delgadas, unos brazos finos con dedos largos y manos venosas. Era alta y resplandecía con la luz que emanaba del exterior de la ventana. Cuando aquella luz tomó forma, se iba esclareciendo cada vez más hasta convertirse en Roberto, o la imagen que tenía de él, éste sonreía y se acercaba, deslizaba sus yemas por los granos llenos de pus de Mariana, no quitaba su sonrisa, ella lo apartaba de un golpe tirándolo hacia el espejo y rompiéndolo en pedazos. Él se sorprendía, quería hablar, pero ella se tapaba los oídos y cerraba los ojos, para no escuchar su voz ni ver su cara de asco. La lanzaba a la cama, se tiraba encima acomodando su rodilla cerca del tesorito, ésta obligadamente abría los ojos, sus pezones se erizaban resaltando en su camiseta mojada. Él se acercaba para besar su frente sudorosa y repulsiva. Cuando comenzó a disfrutar del sueño, frente a ella una mirada sorpresiva aparecía; él la soltaba de las manos, se alejaba poco a poco y comenzaba a respirar entrecortado con un rostro demacrado y siniestro… tardaba segundos en reaccionar cuando soltaba con euforia un: “¡Monstruo! Horrendo ser sin piernas ni brazos, ¿osas engañarme, insolente espectro del mal?” pobre la Mariana lloraba, Roberto se iba por la ventana, ella intentaba seguirle pero aquellos brazos y piernas habían desaparecido… cuando se tiró al suelo se arrastró, esta vez como una serpiente, hasta la ventana… la luz comenzó a cegarle y cuando ya era insoportable se despertó repleta de sudor.
            Su madre había llegado a casa con un nuevo cliente. Era un viejo barrigón, velludo hasta el cuello y con una sonrisa simiesca que rozaba lo terrorífico, aquel borracho se tiró al sillón abriendo una lata de cerveza y prendió el pequeño televisor de la sala. La madre, con el ojo morado y sangrando de los labios, se metió a la cocina llorando. Mariana no prestó mucha atención, era cosa de todos los días, la monotonía de su vida mundana la estaba ahorcando. Hacía dos meses que conoció al buen Sartre y había empezado a ahondar entre los pensamientos filosóficos de Emil Cioran y Schopenhauer, disfrutaba de relatos vulgares de Bukowski que dio nacimiento a extraños fetiches que no pasaban lo imaginativo, en otras palabras sin eufemismos, nadie, en su sano juicio, tocaría a un cuerpo sin manos ni piernas. Su mente estaba destruida, hundida entre las tinieblas de la presión social, se quedaba con una frase de Cioran “podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta donde podemos hundirnos”. Sacó un libro de Borges, otro autor que, fascinada por su prosa, suscitaba su interés, cuando leía al argentino se daba cuenta de la brecha tan corta que hay entre la filosofía y la literatura, su mente volaba entre el tiempo y descansaba en el espacio. En ese periodo intrascendente, aquel viejo barrigón se acercó a ella.
            — ¿Mari? —Dijo, escupiendo al hablar— ¿Eres la hija de esa zorra?
            No respondió, siguió leyendo y se limpió con la sábana la saliva del viejo.
            — Te estoy hablando, niña.
            Siguió sin prestarle atención y quiso alejarse de él lo más pronto posible. Aquel viejo se reía de cómo la niña se arrastraba y la risa comenzó a bailar en la habitación, junto al llanto de la madre que provenía de la cocina.
            Agarró impulso, se acercó a ella y le dio una patada fuerte en las costillas. Mariana salió volando como pelota de fútbol americano y chocó en la pared botando sangre por la boca. Aquel hombre seguía riéndose, bebía sorbos de cerveza y se rascaba las pelotas. Tomó a Mariana y quitó su ropa, la puso contra la ventana y comenzó a penetrarla, las lágrimas de la pequeña se confundían con su sudor y desembocaban en sus labios con un sabor salado. Era de día, por la ventana Eric, el niño vecino, jugueteaba con su bicicleta llorando porque se había deslizado por segunda ocasión, las vecinas chismeaban sobre la madre y los carros se dirigían sin rumbo hasta una muerte segura. Nadie afuera se imaginaba que en el interior de la casa rosada, diminuta y maloliente, una niña de diez años estaba siendo penetrada hasta el clímax por un viejo hijo de puta. La niña gritaba por ayuda, mas tenía claro que nadie podría escucharla. La ventana se volvió oscura cuando vio pasar a un joven pelo largo en una bicicleta. Aquel joven vio la ventana, miró aquella niña siendo profanada, el pene se puso erecto hasta casi estallar. Los ojos acaramelados de Mariana brillaron, estaba emocionada, era el buen Roberto, lo sabía, él la ayudaría, intentaba hacerle ver que aquella voz sensual era de ella, recordando cómo llamar la atención y pedir auxilio, intentó levantar su pulgar… volviendo a la realidad miró su costado y recordó su ausencia de extremidades… sus ojos se llenaron de negrura… Roberto se acomodó el pene y siguió su camino… las cortinas de la ventana se cerraron al mismo tiempo que aquel viejo dejaba su marca de semen adentro de la vagina de Mariana.

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Publicado por Err Aguirre

Estudiante de psicología y poeta, buscando la eudaimonía.

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